viernes, 5 de octubre de 2012

La ignorancia creativa o el saber dialéctico


Hay dos acepciones socialmente reconocidas de la palabra ignorancia. Una es la de "no saber" y otra es la de "creer que se sabe". Cierta crítica filosófica –no siempre de ascendencia platónica– suele utilizar la última y considera a la primera como una acepción naïve. Quisiera abrir la posibilidad de una tercera. He de introducir inicialmente su antítesis contrastándola con las antítesis de las acepciones de ignorancia ya citadas. En particular quiero proponer una alternativa a la actitud filosófica de considerar como virtud el "saber lo que no se sabe". Mi inconformismo con esta actitud es porque la considero estéril. Pienso que es más fructífera una posición fluctuante. Creo que es preciso creer que se sabe para lograr una exploración profunda de la potencialidad del supuesto conocimiento que se cree poseer. No hago más pues que invocar a la crítica dialéctica. La adopción del "saber lo que no se sabe" como virtud es incompatible con la dialéctica como virtud. Ahora, hablo de una dialéctica que puede tomar lugar incluso dentro del individuo mismo. Esto es posible si se entiende a este no como una unidad sino como una multiplicidad de otros que conviven en un mismo cuerpo orgánico. Igualmente importante es la dialéctica entre individuos; se requiere un instinto social o una conciencia de nuestro aporte finito al movimiento de una conciencia (colectiva) para exponer nuestra subjetividad a la deliberación en diferentes temporalidades (incluyendo la del tiempo real que posee su propio valor, su propia soberanía) [1].  En fin, la antítesis de este saber dialéctico se descubre como toda forma estática del saber, incluido el saber de no saber.

[1] Aquí se puede contrastar entre la figura del sabio y la de opinión ciudadana (quizás el intelectual sea una etapa o figura intermedia) [1.1]. El sabio configura su saber en un espacio dialéctico muy diferente a la opinión pública. Habitan diferentes temporalidades. Esto también constituye una barrera política. Evitar el diálogo entre estos dos sujetos puede ser una forma legítima de evitar externalidades nocivas pero también puede estar asociado a formas de distinción menos honestas. El sabio al evitar la defensa explícita de su opinión prefiere recostarse en su figura institucional aportando así al fetichismo del conocimiento.

[1.1] A veces se asemeja a la relación entre un banquero y un ahorrador; el primero representa una riqueza grande pero colectiva, mientras que el segundo es acreedor de una riqueza quizás no tan grande pero personal. Aunque a menudo la anterior ecuación se materialice de forma distorsionada.
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